Surgía
la luna, de
entre las aguas,
no muy profundas. Sin
ser mar, el río que bordea
la orilla desde la que narro,
dejaba nacer una dulce y
ámbar bola de cara-
melo. Brillante a
los ojos vidriosos que desde aquí la observan, no por pena sino por frío, naranja a medias y después a enteras flotando sobre trocitos del reflejo que se desprendía escurriéndose a través del cauce…
Entonces te imaginé a mi lado. Ya no tanto por el frío como por las estrellas. Porque cuanto más fría es la noche, con más claridad se observan. Y quise guardármelas todas en la boca y cosérmela con ellas dentro para regalártelas una a una nada más verte y callar todas esas tonterías que se me escapan cuando te miro...
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